[RESEÑA] El Regreso de Mary Poppins: Tan encantadora como olvidable

[RESEÑA] El Regreso de Mary Poppins: Tan encantadora como olvidable

Más de cinco décadas después, la secuela de la icónica cinta de Disney es prácticamente un remix de los momentos de la original, y si bien varios son efectivos gracias a una excelente protagonista, cuando aparecen los créditos, la magia se desvaneció hace rato. 

Por Matías de la Maza. 

La lógica de Disney es a prueba de balas. No se puede discutir mucho la fórmula de hacer remakes o secuelas de algunos de sus mayores clásicos para atraer tanto a las múltiples generaciones que han seguido y amado esas historias por décadas, como para presentárselas a los niños contemporáneos y sumar toda una nueva base de fanáticos. Es algo que, financieramente hablando, sólo ha resultado bien.

Lo que sí se puede discutir, y es parte de las reglas del juego, son los resultados en términos de calidad. En ese frente, estos remakes/secuelas de Disney se pueden dividir en dos grupos. Primero, las que efectivamente logran capturar lo que hacía especial de la original mientras también se adaptan de buena manera al Siglo XXI, como El Libro de la Selva (2016). Luego están las que simplemente intentan repetir la tecla de antaño, pero sin aportar nada fresco a la historia, como La Bella y la Bestia (2017).

Lamentablemente, El regreso de Mary Poppins, que se estrenó esta semana en Chile está más cerca de ese segundo ejemplo que del primero. En sus dos horas y diez minutos, la cinta realiza una referencia tras otra a momentos de la cinta original de 1964, donde una niñera mágica le enseñaba a una familia el valor de disfrutar la vida y la inocencia infantil en un mundo gris. Y a ratos es amena, sobre todo para quien haya visto la primera película, en algún punto de los 55 años que han pasado desde entonces. Pero en general, la película se mueve a tropezones, mezclando puntos altos con valles en donde le cuesta mantener el interés, y, sobre todo, la magia.

La historia de esta secuela transcurre 25 años después de la primera película, con los niños Jane y Michael Banks (Emily Mortimer y Ben Whishaw) ahora adultos. Michael tiene tres hijos y lleva viudo un año, teniendo una vida tan difícil como su padre en la trama original. Para peor, está endeudado con el banco en el que trabaja (el mismo banco donde trabajaba su padre) y está a punto de perder su casa. Es ahí cuando una vez más, Mary Poppins (Emily Blunt relevando a Julie Andrews) llega flotando desde los cielos para cuidar y “educar” a los niños, lo cual es en realidad una oportunidad para enseñarle una lección a sus padres, que piensan que los acontecimientos que vivieron hace 25 años fueron parte de su imaginación infantil. En su misión, Poppins es acompañada por un farolero llamado Jack (Lin-Manuel Miranda, hombre dorado de Broadway), un aprendiz de Bert, el personaje que en la cinta original hacía el gran Dick Van Dyke (que, a sus 93 años, ahora hace un cameo como otro personaje, y sigue siendo lo máximo).

Si la película no naufraga de entrada es gracias al encanto de su protagonista. Blunt está perfecta en los zapatos de Julie Andrews, sin ser una simple copia, sino efectivamente aportando un nuevo matiz al personaje. Con su rostro la actriz transmite un sentimiento contagioso: que detrás de la severidad de Poppins, está infiltrada una energía que grita revolución y desorden. Blunt es tan contagiosa como magnética.

El problema es que la película no está a su nivel. Hay momentos fuertes, sobre todo una nueva versión de una de las escenas más icónicas y complejas de la original: un viaje a un mundo animado, que mezcla a los actores reales con dibujos animados de lápiz y papel. Un momento de nostalgia pura, pero en el mejor de los sentidos. Pero el resto son altos y bajos. La mayoría de las canciones, si bien amenas mientras se escuchan, desaparecen de tu cabeza apenas terminan. Algo habría ayudado el dejarle las canciones a Lin-Manuel Miranda, quien extrañamente sólo actúa aquí (con un acento británico muy raro), en vez de aportar su genialidad creativa a las composiciones. Miranda es uno de los nombres más exitosos en la historia de Broadway, gracias a musicales como In the Heights y Hamilton, además de colaborar exitosamente con el soundtrack de la cinta animada de Disney, Moana, por ende el haberlo relegado a la pantalla aquí resulta una oportunidad perdida.

Su exceso de inocencia (la película es extremadamente infantil) no sería un problema si no fuera también contradictoria: algunas de las problemáticas de la cinta son muy adultas y hasta oscuras, pero las soluciones que plantea son excesivamente simples. Nadie dice que una película familiar tiene que hacerse cargo de cuestionamientos existenciales, pero si ya los planteaste, tu solución no puede escapar tanto de la lógica. La secuencia final de la cinta es tan edulcorada que echa por suelo cualquier intento de dar un mensaje realista a su trama de fantasía. Es como si el director y co-guionista Rob Marshall no se hubiera decidido sobre si quería hacer un producto de escapismo o uno contingente, y se hubiera quedado a la mitad del camino.

Quizás el problema fue justamente el ser demasiado respetuosa con la película original. Lo que funciona en 1964 no puede ser lo mismo que funciona en 2019, y bajo esa fórmula, El regreso de Mary Poppins está condenada al anacronismo. Termina faltándole ese fuego rebelde que esconde su protagonista.