[RESEÑA] “El Irlandés”: la elegía de los gángsters

[RESEÑA] “El Irlandés”: la elegía de los gángsters

Con su más reciente película, Martin Scorsese reflexiona sobre la mortalidad, el sentido y la culpa, a través de criminales que son más tristes que glamorosos. Es una de las mejores cintas en su extraordinaria carrera.

Por Matías de la Maza.

La frase “es lo que es” se repite en varios momentos de “El Irlandés”. Siempre es un eufemismo; sea para referirse a una persona que fue asesinada, o una amenaza disfrazada. También resume el meollo de la película: la inevitabilidad. Una resignación a que las cosas sólo resultan como hacemos que resulten. Aquí, el resultado es una historia llena de relaciones complejas, amistades, traiciones, culpa y violencia. “Es lo que es”, y poco se puede hacer al respecto.

La nueva película de Martin Scorsese, la historia semireal de Frank “El Irlandés” Sheeran, un sicario de la mafia en la Costa Este de Estados Unidos que asegura haber asesinado al desaparecido líder sindical Jimmy Hoffa, podría haber sido un recocido. Un “Grandes Éxitos” de un director que se ha detenido en más de una oportunidad en historias de antihéroes y gángsters, con algunos de sus colaboradores habituales: Robert De Niro, Harvey Keitel y Joe Pesci (retornando a la actuación tras un retiro de casi 20 años), además de sumar por primera vez a Al Pacino, un actor que pareciera haber nacido para trabajar con el director de Taxi Driver.

Pero “El Irlandés” no es la clásica película de mafiosos de Scorsese. Por sobre todo, no es “Buenos Muchachos”, una comparación (inevitable) que se hizo desde que fue anunciado el proyecto, por sus similitudes de elenco y de historia. Al contrario: hasta podría considerarse una respuesta a una de sus películas más exitosas y reconocidas. Si la cinta de 1990 era frenética, glamorosa y llena de humor negro, su nueva entrega es pausada, reflexiva y existencial, con personajes más lastimeros que gloriosos. Una mirada con perspectiva a las consecuencias de una vida violenta, tanto para las personas como para un país (y un director). De paso, actúa como un réquiem para todo un género cinematógrafico.

Mi amigo Jimmy Hoffa

Sheeran (De Niro) comienza la película en el final de su vida: recluido en un asilo de ancianos, comienza a rememorar sus días de glorias para un interlocutor invisible. Veterano de la II Guerra Mundial transformado en camionero, Sheeran conoce en los años 50 a Russell Bufalino (Joe Pesci), jefe de una poderosa familia de la Mafia de la Costa Este Norteamericana, que se transformaría en su jefe, amigo y mentor.

De transportista, la vida de Sheeran da un giro a regalón del crimen organizado, gracias a sus habilidades como un efectivo y leal sicario. Su compromiso con la organización lo llevan a ser asignado en un encargo especial: proteger al líder sindical Jimmy Hoffa (Pacino).

Si bien Hoffa es una figura lejana para nuestra idiosincrasia, e incluso en Norteamérica su nombre ya comienza a ser olvidado, durante los años 50 y 60 era una de las personas más poderosas en Estados Unidos; carismático, implacable y férreo defensor de los derechos de su Hermandad de Transportistas, también tenía oscuros lazos con el mundo criminal y su legado fue de la mano con una carrera corrupta.

Scorsese, a través de Sheeran, describe a Hoffa como “más grande que Elvis en los 50 y que los Beatles en los 60”. Y Pacino hace una labor magistral en representar a una presencia más grande que la vida, y llena de contradicciones. Podía ser brutal en un momento y extremadamente sentimental, hasta vulnerable, en otros. Es cuando Pacino entra en escena que todas las piezas de la película comienzan a calzar: la tragedia inevitable que implica el acercamiento entre Sheeran y Hoffa, que entablan una genuina amistad en un contexto lleno de brutalidad.

Pero el jugador del partido es Pesci. Lejos de sus papeles más reconocidos e histriónicos, el actor impregna a bufalino de una triste solemnidad; el alma de una película sobre la decadencia de la violencia y la culpa de una vida desperdiciada. Si esta es su última interpretación, también es la mejor.

Hay una puerta giratoria de personajes que entran y salen de escena de forma fugaz. De vez en cuando, Scorsese se detiene en alguno de ellos para, a través de un texto, adelantar cómo van a morir, siempre fuera de cámara, siempre de forma violenta y siempre precoz, que cuestiona la utilidad de una vida así en un primer lugar.

No es una película ágil (se siente cada uno de sus 209 minutos; tres horas y media de duración) y la tecnología de “rejuvenecimiento” utilizada en De Niro y Pacino para hacerlos ver entre 30 y 40 años más joven con efectos especiales a veces distrae más de la cuenta (aún no llegamos al punto de hacer ver realistas a personas con rostros digitales), pero incluso las fallas de la película terminan jugando a su favor: hay algo ad hoc desde el punto de vista temático en que incluso en su juventud, sus protagonistas se sientan y se muevan como octogenarios. Y su extensión, si bien puede agotar, tiene un sentido: una última media hora magistral, que pone en perspectiva toda la película.

Scorsese pareciera ser ambivalente con respecto a la historia de Sheeran. Pero entiende que hay un valor en su subjetividad, y que su veracidad es irrelevante. A través de su protagonista, el director pareciera reflexionar sobre su propia carrera y las historias que decidió contar, a costa de las que omitió.

A pesar de sus tres horas y media, cuando ruedan los créditos de “El Irlandés”, dan ganas de que comience de nuevo. Vivir la odisea de nuevo, esta vez con la perspectiva de ese (glorioso) final. Cuesta pensar en otro director que tantos años después, siga siendo capaz de capturar el alma humana y reflexionar sobre ella de forma tan profunda, y con tanto amor y respeto por el cine. Una película sobre mortalidad, inevitabilidad, culpa y violencia que “es lo que es”: una obra maestra.

* “El Irlandés” se estrena este 21 de noviembre en salas seleccionadas (en la Región Metropolitana está disponible en la Cineteca Nacional, el Cine Normandie, el Cine Arte Alameda y la Sala K), antes de su estreno en Netflix el 27 del mismo mes. Se recomienda fuertemente verla en un cine, como corresponde. Si se opta por Netflix, ideal verla sin cortes ni pausas.