[RESEÑA] “Ema”: (Casi) cerca de la revolución

[RESEÑA] “Ema”: (Casi) cerca de la revolución

La nueva película de Pablo Larraín es un deleite visual y tiene una actuación sobresaliente de Mariana di Girólamo, pero la sensación final es de una cinta que no cumple los objetivos que se plantea a sí misma. 

Por Matías de la Maza. 

Cada toma y cuadro de los primeros 15 minutos de “Ema”, la nueva película del director nacional Pablo Larraín (“No”, “El Club”, “Neruda”) es para enmarcar: desde su imagen inicial; un semáforo en llamas, sin mayor contexto pero potente por una razón inexplicable, hasta una elaborada coreografía de baile frente a un sol artificial de fondo, están entre las escenas visualmente más increíbles que haya tenido cualquier película este año. De hecho, todo el metraje de “Ema” es un ejercicio casi perfecto de fotografía.

Hay algo en su primera media hora atrapante: la historia durante esa fracción inicial aún es vaga pero envolvente, en un puzzle onírico con aroma a sexo, pasión y una libertad caótica, casi amenazante. Cada pieza plantea los distintos ejes que busca explorar Larraín: la maternidad, la naturaleza del arte y el cuerpo como medio de expresión, y el retrato de una generación que puede no entender, pero claramente le seduce. El problema es que tras esos 30 minutos, poco a poco la cinta se empieza a enredar, haciéndose zancadillas con su fascinación consigo misma, y se termina perdiendo en un deleite técnico, pero vacío de realidad.

“Ema” sigue a una bailarina homónima, atormentada por haber devuelto a su hijo, el cual adoptó con su marido coreógrafo, Gastón (Gael García). El hecho genera un quiebre en la pareja, marcada por el mutuo desdén, e inicia en Ema una búsqueda por recuperar el sentido de su vida, con un retorcido plan que involucra insertarse en la vida de un inocente matrimonio (Santiago Cabrera y Paola Giannini).

Junto a su cuerpo de baile, un grupo de mujeres tan libres y fuera de los cánones sociales como la protagonista, Ema va tejiendo mediante la danza su libertad y su redención por las calles de Valparaíso. Tanto ella como sus amigas, cómplices y amantes son presentadas como la representación de una generación libre, criada al ritmo del reggaetón, con espíritu revolucionario y una sexualidad a flor de piel, que no distingue géneros ni identidades sexuales.

Por lo menos, esa es una de las tesis de la película. Quizás, donde más se cae: el principal problema de “Ema” es presentar a personajes que no tienen ningún paralelo con la vida real, y asumirse mucho más provocadora de lo que realmente es, presentando la fluidez sexual, el reggaetón y la generación millenial como fuerzas transgresoras, cuando hoy en día son parte del mainstream.

Una defensa posible de la cinta para que ningún personaje actúe o se exprese como alguien real es que pretende montar una fantasía. El problema es que de vez en cuando, la misma historia te golpea con papeles que sí se sienten verdaderos: una extraordinaria Catalina Saavedra como una asistente social, y una igualmente notable Amparo Noguera como una directora de colegio.

Di Girólamo también está excelente, haciendo maravillas con su expresión en su primer protagónico cinematográfico, pero en un personaje que nunca convence que realmente exista (ni menos la Valparíso donde vive), ni literal ni metafóricamente, más allá de la pantalla . Ni ella, ni nadie del elenco secundario, con la mayoría teniendo expresiones y monólogos que incluso dentro de la lógica interna de la película no se sienten honestos (García está atípicamente en piloto automático).

El reggaetón es otra sombra grande sobre la trama: si bien Ema es bailarina del género, la cinta está carente de una banda sonora acorde. Un par de canciones de Tomasa del Real y nada más. Por otro lado, un tema compuesto especialmente para la película, “Real”, de E$tado Unido (quien puedo apostar es un seudónimo del compositor de la cinta, Nicolas Jaar) junto a Stephánie Janaina, se presenta a sí mismo como una versión hipster del género, pero eso aleja a la trama aún más de entender realmente uno de sus intereses fundamentales.

No es hasta el final que el cúmulo de tropiezos termina por derrumbar la película. Hay que reconocer que, antes de esa conclusión, la cinta mantiene la atención, sobre todo gracias a la magnética actuación de Di Girólamo, la fotografía de Sergio Armstrong y la música de Jaar. Pero es imposible evitar una sensación de vacío una vez que corren los créditos. “Ema” es una película con algunos aspectos notables y una ambición desbordante de uno de nuestros cineastas más importantes. Pero sólo baila alrededor de ideas y verdades transgresoras, sin nunca lograr sumergirse en ellas; un potencial interesante que no se termina de cumplir.