[RESEÑA] X-Men: Dark Phoenix – Tu tanta falta de querer

[RESEÑA] X-Men: Dark Phoenix – Tu tanta falta de querer

Más que un clímax, la culminación de una saga de 20 años se siente como una franquicia agotada consigo misma. 

Por Matías de la Maza. 

En un momento de X-Men: Dark Phoenix, Magneto (Michael Fassbender) se encuentra, por enésima vez en las últimas dos décadas, enfrentando a su peor mejor amigo, Charles Xavier (James McAvoy). “Siempre hay un sermón, y siempre hay un discurso, pero ya a nadie le importa”, dispara el rebelde mutante contra el líder de los X-Men. Y es imposible no sentir que la línea tiene mucho que ver con la saga en sí misma.

Si algo han aprendido los fanáticos de la franquicia en el cine tras 12 cintas estrenadas desde el año 2000, es que por cada punto alto como X-Men 2 (2003) hay un fondo profundo como X-Men: La Batalla Final (2006). Está la espectacular Logan (2017), pero no se puede olvidar ese desastre llamado X-Men Orígenes: Wolverine (2009). Incluso cuando la saga logró el hito de encadenar tras más de diez años dos buenas películas con X-Men: Primera Clase (2011) y X-Men: Días del Futuro Pasado (2014), vino la débil X-Men: Apocalipsis (2016).

Entonces, se estrena una nueva película de X-Men. ¿Importa? Debería. X-Men: Dark Phoenix es el cierre de una saga que, con sus altibajos, nos dejó el Wolverine de Hugh Jackman, dos excelentes versiones de Magneto en Ian McKellen y el mismo Fassbender, y que logró llevar a Deadpool al cine. Y las que fueron buenas, fueron realmente buenas. Pero ahora todo se acaba. Disney compró Fox y eso significa que los personajes serán integrados al universo de los Avengers. Los X-Men como los conocíamos se terminaron.

El problema es que la línea de Magneto en Dark Phoenix, ya estrenada en los cines chilenos, no pareciera reflejar tanto los sentimientos de la audiencia como de quienes hicieron la película. Porque más que una cinta consciente del peso de su historia, la última aventura de los X-Men pareciera estar colapsada por este, aburrida y apretando los dientes para que todo termine rápido. Sorprende la displicencia con la que la cinta trata a su trama, sus personajes y su posición en la franquicia. Más que un clímax, lo que ofrece X-Men: Dark Phoenix es un suspiro de agotamiento.

Dos tropiezos, la misma piedra

La película adapta, una vez más, el influyente arco dramático homónimo de las historietas de los X-Men entre 1976 y 1980. “Una vez más”, porque ya se había adaptado en X-Men: La Batalla Final, con varias libertades y resultados decepcionantes. Por eso es quizás entendible que la saga fílmica haya decidido intentarlo de nuevo, aprovechando el nuevo elenco que la franquicia ha ido construyendo desde 2011 con Primera Generación. El problema es que el guionista de esa cinta es el mismo que el de ahora: Simon Kinberg, quien además asume por primera vez labores de dirección. No resulta la mejor señal para quienes esperan algo distinto.

La historia sigue ligeramente más de cerca la trama de la historieta: en una misión de rescate en el espacio, los X-Men encuentran una poderosa fuerza cósmica que es absorbida por la telépata Jean Grey (Sophie Turner; Sansa de Game of Thrones). Tras apenas sobrevivir, los poderes de la joven no sólo aumentan, sino que se salen de control, provocando súbitos y agresivos arrebatos, que eventualmente terminan en tragedia, y Grey abrazando cada vez más su lado oscuro, provocando un resurgimiento en el rechazo social a los mutantes, y a los X-Men divididos entre intentar recuperar a su amiga o matarla.

Mientras La Batalla Final terminaba fracasando por sus excesos, Dark Phoenix lo hace por su falta de ambición. La cinta podría haber usado un poco de excesos en una historia que transmite que nadie estaba disfrutando mucho su producción. Los diálogos no sólo son débiles, sino que sólo Fassbender y McAvoy parecieran darle un poco de pasión. La escenas de acción están particularmente poco inspiradas, con excepción de una secuencia en un tren del último tramo, que de todas formas queda en el olvido con un clímax sin emoción.

La mayoría de los personajes sólo pareciera… estar ahí, con poco y nada de injerencia en la trama. Algo que es particularmente grave en el caso de Cíclope (Tye Sheridan), quien debería ser un torbellino de emoción al ser el novio de Grey, pero la saga una vez más (al igual que lo hizo en la era en que era interpretado por el pobre James Mardsen) no sabe que hacer con él. Sus presencia es durante largos momentos secundaria, cuando estaba llamado a ser uno de los protagonistas.

Quizás lo más triste es la sensación de deja-vu, repitiendo fórmulas ya usadas múltiples veces en la saga. Los mutantes vuelven a ser odiados. Magneto vuelve a ser bueno, para volverse malo, para regresar a ser bueno. Siguen habiendo reiterados discursos sobre la virtud de la diferencia y la importancia de la familia. Sus pocas ideas interesantes, como cuestionar a Xavier por haber básicamente militarizado a un grupo de adolescentes guiado por su ego, o la labor de las mujeres en un mundo dominado por hombres, son abordadas de forma demasiado superficial como para generar impacto.

Dark Phoenix es cine en piloto automático, cuando debería haber sido una celebración de una saga que, con sus altibajos, es querida por miles. Pero se contenta con demasiado poco. Cumplir, cerrar rápido y a lo siguiente. Quizás los X-Men agotaron lo que tenían que decir hace un par de películas, pero merecían mejor final. Que a alguien le importaran lo suficiente.