[NETFLIX] Stranger Things 3: listos para crecer

[NETFLIX] Stranger Things 3: listos para crecer

La tercera temporada de la serie de Netflix redime errores pasados y demuestra que tiene algo que decir, más allá de la nostalgia.

Por Matías de la Maza.

“El entretenimiento es heroína. El arte es más como ácido u hongos. Claro, ambos ‘se sienten bien’, pero son sustancias completamente distintas”, dijo alguna vez el músico norteamericano Father John Misty, tratando de diferenciar ambos conceptos. Su punto es que, claro, el arte “entretiene”, pero no es su fondo, mientras que el entretenimiento puro y duro es nocivo.

Una división algo arbitraria, absolutista y un poco despectiva, pero la frase se viene a la mente cuando hay que hacer el (extrañamente) complejo ejercicio de analizar cuáles son los méritos de Stranger Things. ¿Es algo más que un (muy efectivo) producto de entretenimiento? A pesar de su inmensa popularidad, y tener generalmente el respaldo de la crítica, los comentarios suelen ponerle un “pero” a los elogios: es buena, muy buena a ratos, pero no está diciendo nada realmente nuevo. Es un excelente generador de nostalgia, con muy buenos personajes, ¿Pero es realmente más que una suma de referencias ochenteras?

La respuesta, hasta ahora, no era simple. Stranger Things tuvo una extraordinaria primera temporada, y un desordenado segundo ciclo que hacía dudar sobre el real punto de esta historia, volviéndose más floja tanto en su homenaje a los 80 como en su desarrollo de personajes.

Por eso es un alivio y una agradable sorpresa que con su tercera temporada, estrenada ya en Netflix, la serie no sólo recupere la adictiva magia de sus primeros episodios, sino que, con más de 20 episodios, Stranger Things revela que tiene algo que decir, que es más esencial que su estética anclada en el pasado.

Sufrir para avanzar

La dinámica de la tercera temporada es similar a la de las anteriores: el grupo juvenil protagónico, ahora ad portas de la adolescencia, se divide rápidamente en subgrupos, cada uno con su propio conflicto relacionado con la amenaza de “el Otro Lado”, una dimensión paralela que es hogar de diabólicas criaturas. También hay un nuevo centro comercial en el ficticio pueblo de Hawkins, Indiana, que ha cambiado radicalmente la vida en la localidad, y la posible amenaza de agentes soviéticos, porque es 1985 y el mundo es un lugar complejo.

También abundan las referencias, siempre poco delicadas, a películas que marcaron durante su adolescencia a los hermanos Duffer, creadores de la serie: Terminator, La Invasión de los Ladrones de Cuerpos y, sobre todo, La Cosa, de John Carpenter.

Lo que cambia es el contexto: en su tercera temporada, Stranger Things es más que nunca una historia sobre crecer. Sus protagonistas ya no son niños, sino adolescentes, y mientras un par se siguen viendo algo infantiles, el paso del tiempo ya es notorio en la mayoría, y explica también los conflictos personales del grupo principal: Mike (Finn Wolhard) y Lucas (Caleb McLaughlin) están de novios con Eleven (Millie Bobby Brown) y Max (Sadie Sink), respectivamente, mientras que Dustin (Gaten Matarazzo) vuelve de un campamento de verano asegurando también estar emparejado, frente a la incredulidad de sus amigos. Eso deja a Will (Noah Schnapp) como el único miembro del grupo solo, y al mismo tiempo el con más problemas para adaptarse a los cambios.

Pero no sólo los niños enfrentan un futuro incierto, sino también los más grandes: Joyce (Winona Ryder) y Hopper (David Harbour), además de lidiar con conspiraciones interdimensionales e intentar mantener a sus niños a salvo, se encuentran intentando definir exactamente cómo se sienten con respecto al otro, y si pueden dejar ir el pasado para tener un futuro.

Mientras avanza una temporada emocionante, a ratos aterradora, y muy adictiva, algo finalmente hace click en la historia de los hermanos Duffer. La razón de por qué esta historia importa, y por qué estos personajes son los que tienen que contarla. Muchas veces Stranger Things ha transmitido que es una serie sobre inadaptados, en el sentido más obvio: un grupo de jóvenes nerd, fanáticos de los cómics, los videojuegos y Calabozos y Dragones, no muy populares pero que aprenden a encontrar su lugar en el mundo. Lindo todo, pero ya se ha visto.

Lo que hace la tercera temporada es confrontarte con la idea de que estabas entendiendo mal: sí, Stranger Things es una historia sobre inadaptados, pero no por ser geek. Lo que une a todos los personajes de la serie; a los nerds con los cool, a los niños con los adultos e incluso a los héroes con los antagonistas es el trauma. Una carga emocional que les impide avanzar y vivir una vida plena.

Una historia sobre una niña cuya infancia le fue arrebatada para ser utilizada como rata de laboratorio, un grupo de jóvenes que antes de los 15 años enfrentaron la muerte en múltiples ocasiones, y adultos marcados pérdidas desgarradoras.

Por sobre todo, Stranger Things tiene una profunda empatía por sus personajes y sus dolores. El mejor ejemplo es Steve Harrington (el tremendo Joe Keery), quien comienza la serie como un antagonista, para pasar a ser su motor emocional, revelando sus propias cicatrices e inseguridades en el camino. En este tercer ciclo, junto a su compañera de trabajo, Robin (Maya Hawke), protagonizan uno de los mejores arcos dramáticos de la serie, y la mejor escena de la temporada.

Pero los nuevos capítulos no enfatizan estos traumas y dolores por un morbo masoquista, o por su efectismo emocional, sino que de manera reflexiva y con una propuesta: es necesario enfrentar el sufrimiento para avanzar. Una reflexión que aplica sobre todo a los años de adolescencia, donde pareciera que el dolor es para siempre, pero también para cualquier etapa de la vida. El dolor no es permanente, pero sí regresará, siempre. Y es parte de vivir el confrontarlo, y seguir adelante. El verdadero triunfo no está en la apatía y en el aislamiento para evitar el sufrimiento, sino que en vivirlo y seguir adelante de todas formas.

Eso es justamente lo que hace Stranger Things en su ambiciosa, entretenida y emotiva tercera temporada. Confronta a los personajes (a los buenos y a los malos) con sus traumas, y los prepara para lo que vendrá. Si en su segunda temporada la serie parecía conformarse con ser una máquina de nostalgia y de entretenimiento, la tercera es una declaración de principios sobre una serie que busca ser más. Quizás en el futuro lo arruine y vuelva a caerse. Pero, por lo menos por ahora, Stranger Things tiene algo que decir. Es más que pura heroína.